El imperativo de una resistencia democrática al cartismo

Por Vladimir Velázquez Moreira

El Cartismo es un movimiento político “neofascista” que avanza aceleradamente, copando e instrumentalizando instituciones, fortaleciendo la degradación política, pervirtiendo prácticas culturales, profundizando el clientelismo de diverso tipo y reproduciendo un modelo de sociedad basado en la desigualdad social y la discriminación.

Este avance autoritario debilita el precario régimen democrático del país, va de la mano con la pulverización de la oposición progresista y la fragmentación de los sectores y las organizaciones ciudadanas.

El Cartismo ejerce la presidencia de la República, cuenta con mayoría absoluta en el Congreso y tiene subordinado al Poder Judicial. Su acumulación de poder es indiscutible, pero también la actitud temeraria y alevosa – respaldada por la naturalización de la impunidad – de que “podemos hacer lo que queramos”.

Todo se vuelve aún más grave porque la expansión autoritaria está acompañada de una extraordinaria campaña de comunicación que – en un balance general – está siendo exitosa. No hay mejor manera de dominar que haciendo que el dominado contribuya para que ello suceda.

Convengamos que el cometido no es muy difícil en un país donde la cultura autoritaria está extendida, priman visiones y prácticas conservadoras, la desconfianza parece un instinto y la articulación es una evocación retórica que esconde la impericia – sino desinterés – en dialogar y acordar.

Si Alfredo Stroessner fue el enemigo que favoreció la articulación de las voluntades democráticas durante la dictadura, ¿hay dudas de que hoy ese lugar ha sido ocupado por el Cartismo, sin desconocer que otros estuvieron antes y que el mismo es un actor tributario de una estructura más compleja?

¿Hay dudas sobre “qué hacer”?

Hay momentos en la historia cuando un antagonismo adquiere superioridad ascendente, pues de su resolución la sociedad tomará un camino u otro. Recordemos la misma Dictadura Stronista, la segunda Guerra Mundial, la esclavitud de afrodescendientes o la independencia de las colonias europeas en este continente.

Hoy, Paraguay está atravesado por un antagonismo superior: “Neofascismo” o “Democracia pluralista”.

La articulación de las voluntades democráticas constituye no solo una meta política inevitable, si de política contemporánea se trata, sino un imperativo ético.

Y hablo de una ética política que no puede desconocer las más de tres décadas que han transcurrido desde la caída de la dictadura. Un proyecto de articulación en torno a una resistencia democrática requiere autocrítica para pensar y actuar desde los aprendizajes.

La celeridad de la expansión neofascista no nos da tiempo para banales disputas intestinas o torpezas inadmisibles. Pero, por sobre todo, no tenemos tiempo que perder porque, a diario, miles de compatriotas sufren hambre, exclusión, discriminación o la misma muerte, a raíz de la violencia estructural de una sociedad – que incluye los mandatos de género – que está regida por un modelo autoritario que el Cartismo está decidido en fortalecer.

 

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