Premio internacional para «Ejedesencuadrá», el planteo anti manicomios de Agustín Barúa

El ensayo “Ejedesencuadrá: Del encierro hacia el vy’a. Libertad, cuidados, diversidad psíquica, comunidad”, de Agustín Barúa, psiquiatra comunitario, habitual colaborador de esta página, obtuvo el segundo lugar en el Premio “Ensayo Pensar Nuestra América con Categorías Propias” 2023 en Argentina.

El premio incluye una edición argentina del ensayo.

La premiación se realizó en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires 2023 (FILBA).
«Gracias a la Editorial CICCUS (Centro de Integración, Comunicación, Cultura y Sociedad), a la Asociación Filosofía Latinoamericana y Ciencias Sociales (ASOFIL) y a la Fundación de Actividades Biosféricas (FAB)», dijo Barúa que compartió el texto que leyó al recibir el galardón que reproducimos a continuación.


Ejedesencuadrá, un mejunje
Por Agustín Barúa Caffarena
¿Cómo es que la psiquiatría hegemónica sigue sosteniendo, ante una situación de crisis en salud mental, que lo que hay que hacer es, tomar a la persona a la fuerza, llevarla obligada a un lugar desconocido por ella, encerrarla, llenarla compulsivamente de psicofármacos y dejarla allí sola?
De esta y de otras preguntas sale este ensayo, que originalmente iniciamos con otros dos psiquiatras en Asunción, merendando y hablando de las veces que nos habían expulsado de instituciones y países. “Más que psiquiatras ‘críticos’, somos psiquiatras ‘en crisis’”, bromeábamos en serio.
Presto hoy, de nuestras abuelas, una palabra para el título: mejunje. Este ensayo lo es, tiene tres ingredientes:
● El primero es la Desmanicomialización en cuanto a apuesta ética, política, técnica y afectiva que entiende que no hay salud mental, sin derechos, sin humanidad.
En el 2015 estábamos en Caaguazú, al centro de la Región Oriental en Paraguay, en un taller sobre salud mental y educación popular; cuando usé la palabra “des – ma – ni…” casi no pude decirla, se negaron a usarla; temeroso, pregunté “¿y cómo podemos decir ‘desmanicomialización’ en paraguayo?”. Elías Martínez, campesino caaguaceño, se le ocurrió “Ejedesencuadrá”, palabra yopará, mezcla de guaraní y castellano, que significa desencuadrate, desrigidizate, buscá tu sensible forma de ser contigo y con el mundo.
Ejedesencuadrá se fue tejiendo durante estos 20 años de trabajo con 4 transversalidades:
– los cuidados, entendidos no como propiedad exclusiva de lo profesional;
– las libertades, como el arte de construir salud mental más allá de los miedos;
– la diversidad psíquica, como el comprender, acompañar y validar la heterogeneidad humana;
– y lo comunitario, ya que importa bajo cuál árbol tomás tereré cada día, qué gusto de empanadas preferís, cómo se llama tu gata… la vida no acaba en la semiología psiquiátrica.
Ejedesencuadrá es ir más allá del maniqueo “cordura buena – locura mala”. Proponemos este cambio:
– Necesitamos la locura para concretar tres verbos íntimamente humanos: cambiar, crear, arriesgar; ¿se imaginan una humanidad sin ellos? Sin embargo, la sola locura es la muerte, pues no nos cuidamos nada.
– Necesitamos la cordura, pues ella representa el cuidado: en exceso se vuelve terror y desconfianza, que nos insensibiliza y encierra; produce, como define Joyce McDougall, lo normópata o como resumía un antipsiquiatra en los años cincuenta “para la psiquiatría, la normalidad es como una hilera de repollos: quietos, callados, iguales”.
Cuento una historia: Sabino era un vecino del bañado Tacumbú. Bañados le decimos en Asunción a los barrios ribereños entre el Río Paraguay y la ciudad alta. Cuando lo conocí, Sabino ya traía un montón de diagnósticos psiquiátricos. Después de visitarlo en su casa, salía siempre con una sensación de estancamiento y vacío, ¡hasta que un día jugamos futbol de salón juntos!: llegó con championes chinos blancos, medias zoquetes y una remera de futbol raída ¡y era un jugador sublime!: pausaba, distribuía, asistía con preciosismo.
● El segundo ingrediente es la antropología. De ella resaltamos dos cuestiones:
– La primera, su apuesta a cuidar las diferencias humanas. Frente a las furias diagnósticas, sostener lo humano en tanto madeja singular, mutante, inabarcable, misteriosa.
– La segunda, su puesta en valor de lo cotidiano próximo: Hace unos 10 años, en el barrio donde está Cateura, el vertedero municipal de basuras de la capital, una agente comunitaria pidió que hagamos una visita domiciliaria a una mujer por “problemas con el alcohol”. Al llegar donde vivía, todo su patio estaba cubierto por basura reciclada y clasificada. Contó que, para trabajar, usaba un carrito empujado a mano; dimensioné los kilómetros que hacía cada día y pensé en el tráfico, el calor, los raudales, el acoso. Al salir, le dije a mi compañera “si yo fuera ella, re chuparía… ¡El menor de sus problemas era el alcohol!”. Esa proximidad a su cotidiano nos permitió una comprensión sensible de su realidad.
No obstante, reconozco que mi comprensión es aún precaria: por ejemplo, mi guaraní es extremadamente limitado; hago parte de una generación de clase media asuncena a la que nos negaron el idioma “porque ensucia el español”. Alguna vez le contaba a un vecino de un barrio popular que había estudiado guaraní dos veces, pero que no había aprendido; este me contestó “¿sabés por qué no aprendés? Porque no te importamos”. Hoy, recibiendo un premio sobre pensamiento decolonial siendo tremendo colonizado.
Quizás me sostenga lo que afirmaba Rita Segato, antropóloga argentina, en “Contra-pedagogías de la crueldad”
Las vanguardias políticas proponen certezas y así nos capturan con la promesa de separar con precisión el bien del mal, la verdad de la mentira, el camino correcto e incorrecto hacia la sociedad perfecta.
Los pueblos (…) nos enseñan que la buena forma de caminar es soportar la ambivalencia, la realidad de lo inconsecuente, de lo incoherente, de lo contradictorio, como es vivir en el mundo del blanco y también fuera de él. No buscar tierra firme ni puerto seguro.
Silvia Rivera Cusicanqui, socióloga boliviana, abunda en esto, planteando la identidad Ch’ixi del ser social sudamericano: una identidad mezclada, híbrida, impura.
● Y el tercer ingrediente de este mejunje es la Salud Mental Comunitaria.
El título del ensayo habla de un movimiento: “Del encierro hacia el vy’á”, palabra guaraní que significa alegría comunitaria, convivencial, la alegría de que la otra persona tenga, para uno, sentido y significación. Rocío Ortega, estudiosa de las culturas guaraníes, amplía remarcando que vy’a, para los Pai Tavytera, también se vincula al hallarse / encontrarse con uno mismo, un camino de introspección al ser.
Entre el 2005 y el 2008 trabajé en villas de Zona Sur de Fernando de la Mora, una ciudad colindante con Asunción. Allí se conformó un grupo de mujeres llamado Las Chismosas, preocupadas por sus hijos y nietos, judicializados por robo y uso de drogas ilegalizadas, viviendo mucha violencia institucional. Con ellas conocí una palabra que usaban frecuentemente y que no entendía: “fiestear”. Hasta que les pregunté y me explicaron, era hacer chistes, reír, poner música, cantar, cuando enfrentaban una realidad dolorosa que sabían que no podían cambiar.
Hoy domingo 30 de abril son las votaciones generales en Paraguay. Suele decirse que el Partido Colorado, el de la dictadura stronista, ha perdido apenas una votación en los últimos setenta y seis años gracias a su prebendarismo y a su impune terrorismo de Estado, pero creo que hay un tercer punto velado.
En 1870, al acabar la Guerra de la Triple Alianza, no quedó Paraguay. Arrasadas las personas, la economía, el territorio, el palacio presidencial con bandera brasileña flameando: El ser “paraguayo”, como identidad, ya no tenía con que sostenerse.
Unos años después, en 1887, se funda el Partido Colorado, desde el que se fue generando una nueva identidad: “ser colorado”. Postulo: funcionó (y funciona) como sustituto de aquella identidad nacional pulverizada, enloquecido sostén subjetivo ante el devastamiento.
Mientras que, en Paraguay, no trabajemos aquel duelo genocida que sigue operando como trauma intergeneracional, temo que, seguiremos manteniendo esta esclavitud emocional.
Desde la segunda mitad del Siglo XX hasta la actualidad, salvo una abreviada excepción, el Estado paraguayo ha venido desarrollando fuertemente políticas públicas que llamamos de “basurización social”: la combinación entre, un marco legal formal que garantiza derechos en el papel, por un lado, y por otro, una práctica extendida que privilegia a las élites, produce este mensaje: “Aprendé: sin plata, aunque sea tu derecho, no importás, no merecés, sos basura”.
Dedico este premio a ese país de basurizados, al país de los Sabinos, al país de Las Chismosas, de las recicladoras a mano. Pese a tanta lápida: a su rebelde, kachiãi y tenaz insistencia en vivir.

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