Valle de Cauca, Colombia: Cultivar la esperanza en el café

Por Klas Lundström Martínez*

En el suroeste de Colombia, en el departamento de Valle del Cauca, el cultivo de café es mucho más que una fuente de ingresos que garantiza la supervivencia. Hablamos de identidad y de orgullo, de las semillas de sueños y esperanza.

«Sin café no somos nada», cuenta Albaluz Vargas, una pequeña caficultora que gestiona la finca de café La Esperanza, en las afueras de Andinápolis, un pueblecito de dos mil habitantes cuyo motor económico es esta producción. «Aquí el café es nuestra vida, se mire por donde se mire.»

Sin embargo, fue la muerte la que trajo a Albaluz a este mismo instante en el que observa un paisaje impredecible: una extensión de hileras de cafeteros y caminos muy transitados que conducen a una carretera de grava. Una densa vegetación crece hasta la misma puerta de la finca, en lo alto de la cresta de la montaña.

Andinápolis, Valle del Cauca, Colombia.

«Tenía mucho miedo», cuenta Albaluz mientras se toma un momento para contemplar los alrededores. «Cuando mi marido murió en 2003 me quedé sola al frente de todo el negocio cafetero, la finca y nuestras dos hijas. Nunca habría seguido de no haber sido por mi padre, que me convenció de que podía hacerlo.»

Pero no solo la vida se eligió nuevo camino. Albaluz conoció a Aicardo Antonio Rodríguez que se había criado en los mismos valles que ella y compartía su sueño de vivir de la tierra. Ahora tienen un niño de seis años en común. Madre e hijo calzan unas botas de goma que se hunden con profundidad en un suelo de color cobrizo. Atados a la cintura llevan cubos amarillos con cerezas de café que han recolectado. Las hormigas caminan en fila por un terreno erosionado, transportan trozos de hojas hasta su hormiguero.

La producción de café sufrió un duro varapalo durante la pandemia de COVID-19. El impacto mayúsculo que provocó en caficultores locales de países productores de café, como Brasil, Vietnam y Colombia, dejó a muchos sumidos en la más absoluta desesperación, mientras que distribuidores y minoristas han sufrido una subida estratosférica en los precios de este oro líquido. A pesar del prometedor nombre de la finca de Albaluz, la esperanza se ha quedado atrapada entre los nubarrones políticos que flotan sobre el sudoeste de Colombia.

Granos de café secándose al sol

«Nuestra esperanza pasa por contar algún día con un apoyo sincero y auténtico por parte de los políticos», afirma Albaluz. «La pandemia nos afectó de forma muy negativa, pero ni una de poder en el gobierno nacional o regional ha puesto un pie en estos valles. Nos han abandonado por completo.»

En 2016, la comunidad global celebró que el gobierno colombiano, dirigido entonces por el presidente Juan Manuel Santos, y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejército del Pueblo (FARC-EP), llegaron a un acuerdo de paz que puso fin a la guerra civil en la que estaba sumido el país desde hacía medio siglo. Sin embargo, lejos de los pasillos políticos de la capital, Bogotá, la violencia sigue incomodando en las zonas rurales, entre ellas, Andinápolis.

Aicardo explica que, en esa zona, el problema principal ha sido la presencia de grupos paramilitares, más que el conflicto entre estado y guerrilla.

Albaluz Vargas

«Ven, voy a mostrarte algo», me dice el cafetero antes de empezar a avanzar hacia un camino descuidado que han invadido las hojas de bananero y los cafetos. «Allí», dice Aicardo mientras señala hacia el pico más alto del valle, donde las verdes colinas se abrazan al cielo azul. «Ahí es donde se han asentado la nueva generación de milicias paramilitares.»

«Las Paras» se han establecido junto con nuevas empresas industriales en los alrededores de Andinápolis. De este modo, han introducido un paisaje económico paralelo basado en cultivos distintos al café, principalmente, aguacate, un producto que se exporta cada vez más en Colombia. También se encuentra cada vez más plátano y tomate. Hace poco, diversos proyectos mineros han visto la luz a las afueras del pueblo gracias a la repentina disponibilidad de terrenos que antes poseían o arrendaban unos caficultores que, ante el estallido de la pandemia de COVID-19, se vieron sumidos en una crisis económica y optaron por el dinero rápido.

«Mira a tu alrededor», dice Aicardo. «Antes todas estas colinas estaban cubiertas de cafetos. Ahora muchos caficultores han venido sus tierras, y las plantaciones de aguacates han sucedido a las de café.»

La disponibilidad de la tierra era uno de los factores principales del conflicto armado colombiano, profundamente enraizado en la injusticia social, el control territorial y un acceso al poder muy limitado. El acuerdo de paz incluía cláusulas que prometían futuras reformas agrarias, pero Iván Duque —el sucesor de presidente Juan Manuel Santos, que ganó el Premio Nobel de Paz— fue un crítico ferviente del acuerdo de paz y paró cualquier avance en el ámbito territorial al financiar muy establecidos para gestionar una distribución de la tierra profundamente desigual.

Aicardo Antonio Rodríguez

El actual presidente colombiano, Gustavo Petro, ganó la presidencia sobre promesas de reformas sociales y fue el primer candidato de la izquierda de entrar el palacio presidencial en Bogotá. Si Petro logrará cumplir sus promesas de reformas políticas, económicas y sociales aún es temprano para anticiparlo.

En La Esperanza, Albaluz y sus dos hijas, que apenas superan los veinte años, sirven café tostado y recién molido de sus propios terrenos. La tarde es agradable y quizá llueva dentro de un rato. Están preparando café en la cocina de gas.

El impacto económico de la COVID-19 y las consecuencias de una falta sistemática de apoyo a los caficultores locales han puesto en serio peligro el sustento de un amplio porcentaje de la población de Andinápolis y, en general, de las localidades rurales de Valle del Cauca. En definitiva, toda una cultura e identidad cuya base social y económica es la producción de café corre peligro de extinción.

«No tenemos otro sitio adonde podemos ir», se lamenta Albaluz. «Nuestros hijos se merecen un mundo en el que creer una sociedad en la que puedan confiar. Todo empieza por nosotros, por lo que hacemos y las decisiones que tomamos hoy.»

Aicardo la abraza mientras su hijo coge otro plátano de una cesta de fruta y lo balancea como si fuera un revólver imaginarlo.

«El futuro de nuestros hijos sigue por el mismo camino que el café», afirma Aicardo antes de servirlo en una taza de cerámica.

Ha pasado un siglo desde la llegada de los primeros pobladores de lo que ahora se conoce como Caicedonia. En torno al cultivo de café se levantó una nueva frontera. Hoy en día en Caicedonia, con frecuencia denominada «La Meca del café» de Colombia, viven treinta mil personas.

Los abuelos de Rigoberta Herrera se encontraban entre quienes viajaron desde el norte de Colombia en busca de una nueva vida hasta las frondosas montañas de Valle del Cauca tras el estallido de la Gran Depresión de los años 30. Rigoberto forma parte de la tercera generación al frente de La Granja, una empresa familiar que posee una plantación de café en las montañas y gestiona su propio molino y fábrica en el centro de Caicedonia.

«La cabaña que construyeron en lo alto de las montañas permanece en pie», explica Rigoberto. «Y su memoria sigue muy viva.»

En ese recuerdo colectivo, aunque en Caicedonia se entremezcla con la violencia política. A finales de la década de los 40 vivieron un periodo conocido como «La Violencia», una guerra civil que duró diez años y enfrentó a conservadores y liberales por el poder político en Bogotá y el control de los bienes económicos, como las plantaciones de café de Valle del Cauca.

Como contó en su libro «Colombia Amarga», el periodista y escritor Germán Castro Caycedo, «según los ancianos del lugar, no hay ni uno solo parque, edificio o rincón de la calle donde no se cometiera un asesinato durante de La Violencia».

Todos los caficultores de Caicedonia tuvieron que elegir bando en el conflicto para poder acceder a las rutas de distribución y garantizar la protección de la tierra. Decisiones que se tomaron en momentos de desesperación, pero que persiguieron después a gran parte de los caficultores y fueron el origen de un resentimiento entre familias que se mantuvo vivo durante generaciones, así como en los partidos políticos que sobrevivieron al estallido del siguiente conflicto armado que sacudió Colombia durante medio siglo.

En la actualidad, los caficultores de Caicedonia y, en general, de Valle del Cauca, vuelven a estar arrinconados. Ahora, en la antigua frontera de aquellos nuevos pobladores se ha provocado un distanciamiento entre caficultores y agentes cortoplacistas, representados principalmente por productores de aguacate cuya motivación es el dinero rápido.

«Muchos caficultores eligen largarse y vender sus tierras», explica Rigoberto. «Pero también hay que pensar en aquello que los sustituye, el medioambiente y la identidad de este lugar son responsabilidad nuestra. Ahora, cuando echamos un vistazo a nuestro alrededor, vemos que muchas plantaciones de café han sido sustituidas por otros productos que dañan la tierra y aceleran el éxodo de los jóvenes hacia ciudades más grandes.»

Más allá del giro en modo de vida y la identidad colectiva de Caicedonia, el cambio climático ha hecho mella en la producción cafetera colombiana y ha convertido estos valles en un frente donde caficultores desesperados luchan por adoptar un modo de vida sustentable en una región sometida a cambios económicos y sociales impredecibles.

«La tierra es la raíz de todo», afirma Rigoberto. «La tierra lo es todo. El origen de la salud de la gente, nuestras posibilidades, nuestra identidad. Todo está relacionado con la tierra y con nuestra forma de cuidarla.»

El camino que sube hasta la plantación familiar llamada La Granja, a mil ochocientos metros sobre el nivel del mar, abarca cuatro zonas de temperatura diferentes. Junto al molino de café hay una escuela para los niños de los trabajadores de la plantación. El aire está cargado de humedad y el ambiente es spiritual. Rigoberto no recuerda cuándo fue la primera vez que ayudó a sus padres con el negocio, bien recogiendo cerezas de café en lo alto de las montañas o empaquetando grano en la fábrica del centro.

«Tenía cuatro o cinco años cuando fui consciente de que mi vida iba a ser esto», dice el cafetero.

Si bien se trata de un cuerpo solar envuelto en cambios rápidos y, para bien o para mal todo será incluso más impredecible, el café forma parte de la vida de Rigoberto Herrera. Desde que nació, ha seguido una pasión que no cambiaría por nada del mundo.

*Es escritor y reportero. Últimamente ha publicado reportajes sobre Mongolia, Paraguay, Tayikistán y Papúa Occidental por varios medios internacionales.

 

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