Ni sobre Payo ni sobre payismos: Sobre una sociedad sin espejo

Por Agustín Barúa Caffarena[1]

«El propósito de la antropología es hacer del mundo un lugar seguro para las diferencias humanas».

Ruth Benedict. The Chrysanthemum and the Sword: Patterns of Japanese Culture.

 

“Es un fascista”. “Es antidemocrático”. “Autoritario”. “Es el plan z de la Embassy”. La discusión sobre Paraguayo Cubas, alias Payo, apasiona, eclipsa, captura. Pareciera la clave del pentagrama político, un ineludible.

Más me exonero de analizar, de elucubrar o de psicopatologizar la mirada sobre él. Por cierto,¿cuán apetitosa le es a cierta psiquiatría este fervor de patologizar todo, incluyendo a Payo? Hurras a que todo es“trastorno”, a pegar etiquetas de locura en modo despilfarro.

No. No es otro escrito sobre Payo. Tampoco sobre los payismos: que, si estas personas “votaron o no”, si “son lumpen o no”, si “hartazgo”, si “ignorancia”, si “patriotas”.

No. La propuesta es hacer foco en otro lugar para pensar. A saber: Payo y los payismos parecieran ser, sutil y a la vez intensamente, la expresión más acabada de una sociedad sin espejos.

El espejo es un instrumento. Es la invención de la mirada afuera para mirar adentro, es la posibilidad de lo reflexivo.

Postulamos que estas movilizaciones hoy hablan de una, crónica y varias veces agudizada, falta de espejo social:

… Que piensa que la accidentalidad vial se soluciona con campañas con el slogan “usá casco carajo”.

… Que entiende que la conflictividad en la las instituciones educativas, se aborda con miles de cámaras, para mirar sin ver.

… Que juzga que a la juventud le falta “Cuartel”.

… Que afirma que el auge de las empresas de seguridad es la solución que nos va a sacar los miedos.

… Que sentencia que la gente es “inconsciente… seccionalera… vendida por un puestito”.

… Que concluye que,quienes no piensan como uno, son “haraganes” o “conservadores”, que quien piensa diferente a mí, es un “fanático… fundamentalista”, el otro inescuchable, eliminable. Enemigo.

Miradas que, finalmente, nos dejan más aterrorizados, más solos, sin poder percibir, con la sensibilidad como lente, la diferencia humana y las preguntas que ella nos ofrece.

Hemos hecho

de la vecindad una trinchera,

del debate un ataque,

de la escucha una sordera cortés,

del cotidiano una guerra.

Hoy, tenemos los alaridos,que antes no quisimos oír, maximizados: Ni los del Ycua Bolaños, ni los de las marchas campesinas cada marzo, ni el universitario «UNA no te calles», ni los centros de estudiantes de secundaria, y la lista es antigua y enorme.

¿Estamos a tiempo de entrar en la escena? ¿De apagar la tele (o el cel) y permitir que la pregunta nos incluya? ¿Podremos generar aun algo de espejo que nos permita encarnar una pregunta colectiva y solidaria?

[1]Psiquiatra placero. Antropólogo. Investigador en salud mental comunitaria.

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